Costa Rica se decidió por el continuismo que aplaude el «modelo Bukele» para combatir el crimen y la inseguridad. Laura Fernández, la candidata del Partido Pueblo Soberano (PPSO), y delfín del proyecto político del presidente saliente Rodrigo Chaves, ganó los comicios del 1 de febrero con una amplia ventaja, superior al 48 % de los votos, que le permitió coronarse como presidenta electa sin necesidad de balotaje.
En unos comicios destacados por una amplia participación de los electores (más del 69 % acudió a las urnas), Fernández derrotó a otros 19 candidatos, superando con notable diferencia a sus más cercanos contrincantes: entre estos Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, quien alcanzó el 33 % de los sufragios y quedó en segundo lugar.
La presidenta electa asumirá el cargo el 8 de mayo y ejercerá su mandato hasta 2030.

Delfín del “continuismo”
Politóloga, de 39 años y exministra de Chaves, llegó a la contiendo no como una figura tradicional de la política tica, sino más bien como una selección ‘natural’ y promovida por el mismo presidente saliente como su heredera política, como parte de un fenómeno conocido localmente como “rodriguismo”: una corriente que busca reconfigurar el funcionamiento del Estado, sin contrapesos, y con énfasis en eficiencia, seguridad y ruptura con los partidos convencionales
De hecho, la bandera de la ‘continuidad’ fue clave en su campaña. Como también lo fue el apego a los valores y la religión. Católica devota, defendió el ejercicio de su religión y cuestionó a quienes le atacaron durante la campaña.
“La nueva Costa Rica que soñamos se construye con principios, firmeza y Dios por delante”, dijo en campaña. “Vamos a defender la libertad de culto y a levantar un país donde nadie tenga que avergonzarse de su fe”, añadió.

La incertidumbre de la ‘tercera república’
El resultado del domingo tiene implicaciones que van mucho más allá de una simple continuidad administrativa. En un país largo tiempo señalado como la “Suiza de Centroamérica”, un baluarte de estabilidad democrática sin ejército, los costarricenses han optado por una gobernante que capitaliza un discurso híbrido: promete mano dura contra la violencia y el crimen mientras se ampara en las ansiedades de una población que siente que sus instituciones no han dado respuestas eficaces.
En las sombras, además, están los llamados del presidente saliente por un Estado con menos contrapesos, la necesidad de instaurar la reelección presidencial y su clara afinidad y complicidad con el presidente salvadoreño Nayib Bukele, a quien Chaves recibió con honores a finales de 2024.
En su primer discurso como presidenta electa, quizá para despejar dudas o apaciguar a sus detractores, Fernández anunció que se respetará la democracia y el Estado de derecho.
La presidenta electa exigió además el “fin” de la campaña de miedo en la contienda, que a su figura y su proyecto la ligó a una corriente autoritaria y dictatorial en la región. «Intentaron meterle miedo a la ciudadanía para que volviera el pueblo a creer en ellos, pero los electores mayoritariamente olieron la trampa», dijo ante el júbilo de sus seguidores
Pero la cercanía de Chaves con Bukele, y las apuestas por seguridad con un Estado “fuerte”, sin amarres y sin contrapesos, fue una constante en la campaña, de boca del presidente saliente.
Dos semanas antes de los comicios, Bukele incluso llegó a apoyar a Chaves en la inauguración de una obra penitenciaría. La propaganda señaló un “hecho histórico” dicho encuentro, mientras la oposición cuestionó la injerencia a poco tiempo de los comicios.
Fernández, por su lado, no es ajena y promete seguridad con “mano dura”. Durante su campaña, abiertamente citó el modelo de seguridad salvadoreño, proponiendo un estado de emergencia en zonas de alta criminalidad y la finalización de un centro penitenciario de máxima seguridad, simil a la estrategia aplicada en El Salvador.

Sus apuestas en seguridad son una alusión directa a lo que parte de la región conoce como el “modelo Bukele”: respuestas duras ante el crimen que, en El Salvador, prioriza resultados sobre procedimientos institucionales, restricción de derechos constitucionales y graves violaciones a los derechos humanos.
En la campaña, además, Fernández utilizó la frase “los mismos de siempre” para referirse a la oposición, acuñada por Bukele en El Salvador, y clamó por 40 diputados, mayoría clave para reformas constitucionales. Casi lo logran. En los comicios ganaron 31 de 57 puestos. Y, aunque es un hecho histórico, su gobierno tendrá que negociar y en sus mensajes ya comienza a verse la misma apuesta de Bukele en El Salvador: diputado que no acompaña al gobierno es enemigo del pueblo y está en contra del pueblo.
En su mensaje triunfal del domingo, Fernández exigió a sus diputados “patriotismo, trabajo unido, valentía, lealtad al pueblo de Costa Rica y disciplina”.
Y en concordancia con la continuidad que abanderó en campaña, ha lanzado un mensaje desafiante a la prensa, atacada por el expresidente Chaves en Costa Rica (y por Bukele en El Salvador).
Fernández advirtió: “(la libertad de prensa) no cabe convertirla en moneda de trueque que se otorga a los dueños de medios (…) para favorecer intereses económicos particulares”.
En un mensaje a tono con las consignas que Bukele lanzó contra la prensa en abril de 2019, dos meses después de su elección, Fernández señaló que la prensa debe estar “al servicio del pueblo” y, como Bukele en sus inicios, pareciera comenzar a sembrar las bases para plantear que el ejercicio de la “libertad de prensa” puede ser señalado y observado desde el Estado, por el poder que es fiscalizado por el periodismo.




